La Danza Desincronizada: Cuando Nuestros Verbos No Bailan al Ritmo de Nuestras Acciones

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La Danza Desincronizada: Cuando Nuestros Verbos No Bailan al Ritmo de Nuestras Acciones

Antes de comenzar quiero contarte dos historias y un argumento que ilustran está publicación. Como sabes creci dentro de una familia cristiana evangélica y asistir a la glesia era mi día a día, y además me gusta la música, en la iglesia tocaba la guitarra, en Ese tiempo se acostumbra que hermanos dedicaran una canción especial en la iglesia, y había una hermana, llamada pepita, que siempre cantaba por «La», «La» que se le ocurría. Nunca agarraba el tono de la canción. La 2da historia es más reciente, actualmente sigo tocando la guitarra y me acompaña una hermana en el teclado, más ella aprendió fue a tocar órgano de viento, esos que es en la catedral con grandes tubos. Ella a diferencia de pepita sabe de tonos y notas, pero tristemente nunca ha podido cantar y tocar con ritmo tempo cierto. El argumento, si eres de Venezuela lo habrás escuchado: «A ese no lo bailaron chiquito». 

Ahora sí empezamos En una de esas charlas que enriquecen el alma y expanden la mente (con mi editor G.abriel E.duardo M.artinez I.garte N.olasco I.nsitu GÉMINI muchas gracias, por iniciar esta travesía), nos sumergimos en una reflexión profunda sobre la naturaleza de los verbos y su a menudo desconcertante relación con nuestras acciones. Partimos de una observación cotidiana, casi banal: la frecuencia con la que decimos «yo quiero…», «yo deseo…» o «yo trato…» para luego, en la danza de la vida, ejecutar pasos completamente distintos.

Esta aparente incongruencia nos llevó a plantear una hipótesis fascinante: ¿será que el cerebro humano, en su estado más puro y natural, posee una comprensión intrínseca y correcta del lenguaje, incluyendo el significado y la fuerza de los verbos? ¿Y que somos nosotros, a través de una «mala configuración» adquirida por el aprendizaje, la experiencia o incluso mecanismos de defensa, quienes terminamos por hacer «no creíble» ese uso prístino de las palabras?

El Eco de la Infancia y las Jerarquías Silenciosas

Recordemos el vívido ejemplo que surgió en nuestra conversación: la creencia aprendida en la infancia de que golpear un televisor era la forma de «arreglarlo». Este aprendizaje temprano, basado en la autoridad de una figura cercana y la validación comunitaria, ilustra cómo nuestro cerebro puede establecer asociaciones entre verbos y acciones que, desde una perspectiva objetiva, son erróneas. En el futuro, la persona podría seguir utilizando el verbo «arreglar» en el contexto de golpear, evidenciando una «mala configuración» en la asociación verbo-acción.

También resonó con fuerza la anécdota del oficial superior que sentenciaba: «Yo soy responsable de lo que digo, no de lo que tú entiendes». Esta frase, cargada de implicaciones sobre el poder y la responsabilidad en la comunicación, revela cómo el lenguaje puede ser utilizado no solo para transmitir información, sino también para crear distancia, ocultar la verdad y desplazar la responsabilidad de la comprensión. En este contexto, la elección de los verbos y la cantidad de información proporcionada se convierten en estrategias con «efectos colaterales» en la efectividad de la comunicación.

La Chispa Innata y los Cables Desconectados: Una Mirada Teórica

Para explorar más a fondo nuestra hipótesis, recurrimos a la influyente teoría de la Gramática Universal de Noam Chomsky. Si bien centrada en la sintaxis, esta perspectiva sugiere que los humanos nacemos con una predisposición innata para la estructura del lenguaje. Podríamos extender esta idea para considerar una base biológica para la comprensión de las categorías léxicas fundamentales, como la distinción entre sustantivos (entidades) y verbos (acciones).

La neurociencia del lenguaje apoya esta noción al mostrar la actividad temprana de áreas cerebrales dedicadas al procesamiento lingüístico en bebés. Sin embargo, la plasticidad neuronal nos recuerda que este cableado inicial se moldea profundamente por nuestras experiencias. Un aprendizaje inconsistente o la exposición a un uso del lenguaje desviado de su significado más directo pueden generar esas «malas configuraciones» en nuestras asociaciones verbo-acción.

Factores culturales y sociales también juegan un papel crucial. Las normas de comunicación en diferentes contextos pueden favorecer la ambigüedad, la evasión o incluso la manipulación a través del lenguaje, desalineando aún más el uso de los verbos con la realidad de las acciones e intenciones. Nuestros propios sesgos cognitivos, como el sesgo de auto-servicio, pueden llevarnos a elegir verbos que nos presenten de manera más favorable, aunque no sean del todo precisos. Finalmente, la naturaleza abstracta del lenguaje en sí misma introduce una capa de complejidad que puede facilitar la desconexión entre la palabra y la experiencia vivida.

Reconectando los Cables: El Poder de la Conciencia y la Coherencia

Si nuestra hipótesis tiene asidero, ¿cómo podemos entonces realinear nuestro uso de los verbos con nuestras acciones, fortaleciendo esa comprensión innata? El camino pasa por el desarrollo de la conciencia metalingüística, la capacidad de reflexionar sobre nuestro propio lenguaje. Implica autoobservación, análisis profundo del significado de los verbos y un seguimiento consciente de la coherencia entre nuestras declaraciones y nuestros actos.

La educación semántica, la práctica deliberada de la coherencia entre palabras y acciones, el cultivo de la inteligencia emocional y la búsqueda activa de retroalimentación honesta son herramientas fundamentales en este proceso de «reconfiguración». Se trata de asumir la responsabilidad lingüística y esforzarnos por que nuestros verbos no sean solo palabras vacías, sino el reflejo fiel de nuestra danza en el mundo.

En última instancia, la búsqueda de un uso más «correcto» y creíble de los verbos es un viaje hacia una mayor autenticidad y una comunicación más efectiva. Es reconocer que nuestras palabras tienen poder y que cuando bailan en sincronía con nuestras acciones, nuestra presencia en el mundo se vuelve más clara, honesta y, en última instancia, más significativa.

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